
Ojalá esto fuera una coña mala de la serie de los 90, o un relato de ficción, pero no.
Apagué el cigarro tras apenas dos caladas. El calor del sol en la terraza era sofocante.
—Voy a echarme un rato, no me encuentro bien —dije al pasar por la cocina.
Enfilé el largo pasillo con intención de ir al baño y lavarme los dientes. Para cuando doblé la esquina, el malestar se había convertido en una punzada en la boca del estómago, que me obligó a girar hacia el dormitorio y tumbarme en la cama. Me toqué la frente; estaba sudando.
«No me ha sentado bien la comida», pensé, todavía inconsciente de lo que estaba por venir. Cambié de postura en el lecho. Giré a un lado, después al otro. El dolor aumentó, un hierro al rojo clavado bajo el esternón. Me levanté empapado en sudor y me arrastré hacia el baño, en un vano intento por expulsar la ingesta. Sabía que no iba a funcionar. Incluso metiéndome los dedos en la garganta no suelo vomitar, pero la desesperación te empuja a intentar cualquier cosa.
Apoyé la frente en la taza, me costaba respirar. Mi madre me preguntó algo desde su dormitorio. Yo apenas pude contestar con un gemido agónico. El tiempo comenzó a perder firmeza, solo quedaba el dolor. Al poco volvía a estar en la cama, retorcido sobre mí mismo, la camiseta pegada al cuerpo, la frente perlada de sudor y los dedos engarabitados sobre el abdomen. La figura de mi mujer se perfiló junto a la de mi madre.
—¡Llama a la ambulancia! —dijo una de las dos.
Así comenzó la pancreatitis aguda que me llevó al hospital y me mantuvo encerrado en él durante 10 días. Sin más, ni aviso previo, ni nada que se le pareciera. En un momento estás bien y al siguiente te crees morir.
A la enfermedad no le importa que en dos días debas volver al trabajo, ni que tengas que enviar el manuscrito de la última entrega de Creadores de universos para su corrección, ni que necesites revisar los primeros bocetos de la portada. No le importan tus deberes ni los de tus allegados. Solo llega, golpea y te obliga a postrarte a sus pies, cual villano inmisericorde que te arranca de tu vida normal para encadenarte a una nueva realidad de suero, analgésicos y cambios discontinuos entre una conciencia adormecida y un letargo incómodo.
De esa manera transcurren los dos o tres primeros días. Después va a mejor, pasas de la dieta absoluta al caldo y los purés, a seguir maldiciendo por tener que arrastrar el gotero hasta el baño cada vez que quieres orinar, a creer que ya no necesitas tantos calmantes y, por ende, a dormir como el culo.
Tras un par de noches de ver pasar todas las horas por el reloj, de retorcerme e intentar encontrar cualquier postura que no me hiciera sentir como si me apuñalaran por la espalda, comprendí que los calmantes eran mis amigos. El catre que hasta entonces era como un potro de tortura, con un analgésico volvió a convertirse en un remanso de paz que te acoge y te acuna, que te permite disfrutar de un sueño reconfortante, solo interrumpido por las frecuentes ganas de acudir al baño. Continué viendo todas las horas en el reloj, pero ahora, entre ellas, podía disfrutar de un merecido y necesario descanso.
Llegaron más días entre las mismas cuatro paredes, tumbado, sentado o dando paseos en círculos para ver si el dolor de espalda mejoraba. Y lo hizo, cuando me di cuenta de que con un calmante cada ocho horas casi lograba borrarlo de la existencia. Empecé a comer sólido y me retiraron el suero y el gotero, lo cual fue una mejora sustancial en la calidad de vida, por ridículo que esto pudiera parecer antes de sufrirlo.
Pero como todas las cosas en esta vida, buenas y malas, acaban pasando. Cierto que yo fui afortunado y, arropado por familia y amigos, presencialmente o por teléfono, vencí a las jornadas preñadas de tedio, en las que celebraba la llegada de la comida como algo con lo que romper la monotonía más que como una muestra de mejoría en mi disminuido apetito.
Al fin llegó el día en que me liberaron y volví a la calle, con varios kilos de menos, cansado, débil, pero ansioso por dejar todo atrás. Y si con algo bueno he de quedarme, que sea con que ya no fumo. ¿Por cuánto tiempo? No lo sé, pero intentaré que sea por el máximo posible.
He estado muy bien cuidado por el personal sanitario del hospital San Pedro de Logroño y, aun así, soy sincero y espero que todo el mundo me entienda cuando digo que no me gustaría volver, ni a ese ni a ningún otro.
