No os voy a aburrir con los motivos metafísicos e intrínsecos a mi persona por los cuales me decidí a escribir ficción en enero del 2020. Basta con decir que el crear historias siempre ha sido algo que me ha encantado y que ya intenté de pequeño. Recuerdo haber escrito algo cuando no tenía ni doce años con la vieja máquina de escribir de mi abuelo. Sí, de esas en las que tenías que pulsar muy fuerte las teclas y unos pequeños martillos con una letra grabada golpeaban contra una banda tintada y dejaban su impronta en un folio, ¿os acordáis? Si no sabéis de lo que hablo es que sois muy jóvenes.
En mi adolescencia pasé a escribir historias en cuadernos para ejercer mi papel de narrador en juegos de rol. ¡Qué tiempos aquellos! Es posible que algunas de esas historias estén todavía ocultas en algún rincón del trastero de mis padres, ¿quién sabe?
Ya en mi época adulta, las historias seguían surgiendo de mi cabeza y revoloteando a mi alrededor, en un desesperado intento de llamar mi atención. Y yo las veía, y las reconocía, y me gustaban, pero por un motivo u otro nunca acababa de hacerles caso. Hasta enero de 2020. En aquel entonces me propuse embarcarme en uno de los dos proyectos que tenía en mente: uno era la obtención de una certificación específica, relacionada con mi trabajo; el otro era un proyecto puramente personal y el cual me ha traído hasta aquí. Mil gracias a mi responsable, que fue quien me empujó, de manera inconsciente, a elegir este último. Tú sabes quién eres y sabes cómo ocurrió, porque lo hemos hablado. ¡Gracias!
De esa manera tan inesperada comencé mi andadura como escritor. Y en ello estoy. En este momento mi primera novela (parte de la saga Creadores de universos) está a punto de ver la luz, he terminado el borrador de la segunda entrega y estoy empezando a trabajar en la estructura de la tercera. Queda mucho por delante y he de admitirlo, asusta un poco.
¡A por todas!